Le agarró fuerte, era medio abrazo medio desgarro. Ella no sabía si
soltarle o retenerle contra su pecho. Sin embargo, sus lágrimas no la
dejaban verlo con nitidez, aun haciendo esfuerzo con el ojo medio ciego.
Su corazón latía con ganas, su respiración se cortaba, la voz le
temblaba. Aun así, pudo pronunciar un espero verte pronto, cuídate o que
dios te bendiga! Tal vez no eran ni siquiera frases, sino un tartamudeo
de palabras sueltas que él hizo el esfuerzo de
juntar. En este justo momento, él pensó que su madre sentía lo que
sentía cualquier madre que acababa de soltar a su hijo mar adentro hacia
la vida.
Ella lloró para
fuera, él lloró por dentro. En un momento, ella se quedó con los brazos
vacíos, él con el corazón encogido. En seguida se apresuró a bajar las
escaleras de su casa; de dos en dos, de tres en tres…y luego perdió la
cuenta. Solo quería alejarse para dejar de sentir el dolor de la
despidida.
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