Se llamaba Flor. La imagino como una mujer de carácter fuerte y laborioso, inquieta y sensible; más aún, profundamente empática y humana. Vivió en tiempos duros: trabajaba en el campo y, al mismo tiempo, cuidaba de sus tres hijas —Khadija, de nueve años; Sofía, de siete; y Safia, de cinco—, sosteniendo con ellas el peso cotidiano de la vida..
Su marido comerciaba
con el pescado que él mismo iba a buscar al puerto de Jebha, un pueblo marítimo
del Mediterráneo. No siempre vendía lo que traía; muchas veces lo intercambiaba
por otros productos: higos, trigo, huevos… Aquel buen hombre tenía la ingenua
costumbre de hacer una parada con su mula cargada para descansar en su casa del
monte antes de adentrarse, con su mercancía, en lugares donde la carretera no
llegaba.
Flor era ágil para
aprovechar ese momento: sustraía una pequeña parte de la apreciada carga y la
repartía entre los vecinos más necesitados, o simplemente regalaba, como quien
padece un vicio incurable nacido de su propia naturaleza.
Vivían en una casa
sin luz ni agua corriente, rodeada de naturaleza, humilde y sencilla. Flor
estaba siempre atenta a todo y a todos. A la vuelta del marido, le preguntaba
cómo había ido el negocio. Él era un hombre agradecido; incluso se alegraba al
saber que gran parte de los beneficios —la baraka—
se debían a los pequeños gestos solidarios de aquella gran mujer. Ella acababa confesando sus “fechorías”, haciéndolo cómplice de las futuras ofrendas a los
necesitados. Él, hombre religioso, sabía que ayudar al prójimo era un deber.
Flor estaba
embarazada de siete meses, ilusionada con la esperanza de tener por fin el
varón tan anhelado. Pero el tiempo no permitía bajar la guardia ni dejar de
trabajar. Aquella mañana, por un descuido, se llevó un gran susto: no encontró
la mula en el establo. Todo indicaba que se había escapado en busca de buen
pasto. Más que el miedo a perder al animal, la aterraba la idea de que
invadiera el cultivo de algún vecino y tener que cargar con la vergüenza.
Flor salió corriendo, la buscó por todas partes hasta dar con ella. Regresaron juntas a casa, envueltas en el revuelo que la situación había provocado, sobre todo entre las niñas. Cuando todo parecía volver a la calma, como después de una tormenta, un dolor repentino la atravesó: le removió las entrañas y precipitó el parto.
Khadija, la hija
mayor, asumió la responsabilidad de ir a buscar a la comadrona del pueblo. Flor
se estremecía de dolor y, finalmente, dio a luz a un ser prematuro: un pequeño
que visitó la vida solo por un instante y se marchó tan deprisa como había llegado.
A pesar de las oraciones y de los inciensos encendidos para devolverle el
aliento, aquel ser nacido estaba condenado a morir.
Flor quedó abatida,
débil, pero no dejaba de pensar en sus tres hijas. En un momento de
desesperación, le pidió a Khadija que preparara un puré de habas para que
pudieran llevarse algo a la boca. Khadija nunca había encendido el fuego ni
cocinado; preguntó cómo hacerlo. Su madre, desde la cama improvisada —más dura
que la piedra, colocada frente a la puerta de la calle—, le fue indicando cada
paso: un improvisado tutorial de cocina de una madre a su hija mayor, sabiendo
que se acercaba su hora de dejar este mundo y que dejaba atrás a tres niñas
obligadas a asumir responsabilidades sin opción a negarse.
Al final, Khadija
superó aquella primera prueba culinaria. Se acercó a su madre y le ofreció un
bocado y un vaso de agua. Fue lo último que Flor pudo ingerir antes de
abandonar esta vida.
Flor era mi abuela, y Khadija es mi madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario