El
duelo es un proceso, no un estado.-Anne Grant
Todos sabemos que aquello
que tenemos es finito. Pero, una cosa es entenderlo y otra cosa es
creerlo. De hecho con el auto-engaño logramos obviar todo lo que
vamos dejando en el camino. Quizás porque delante de cada perdida
solemos ganar algo que mantiene viva nuestra esperanza de darle mas
cuerda a nuestra vida. Sin prestar desmayada atención al dicho
filosófico que indica que no se puede bañarse en el rio dos veces,
de manera que las sucesivas veces que lo hacemos nunca son, ni serán
idénticas a la primera.
A lo largo de la vida
conocemos personas que forman parte de nuestra cotidianidad hasta que
dejen de serlo. Es algo parecido a una tela araña que tejemos y cada
vez que se rompe por una parte la volvemos a tejer, a veces de manera
rápida, y otras veces mas lenta. Nuestra existencia depende en gran
medida de estos momentos frágiles, y esa tela que requiere un
trabajo diario, y mantenimiento constante.
El duelo simplemente
duele, porque dejas de ver algunas personas para siempre, o por lo
menos dejan de formar parte de tu paisaje. Es como un ser que a
medida que te vas alejando, se hace cada vez más pequeño, se
convierte en un garbanzo, un grano de arroz y después en un punto
imperceptible en el horizonte, hasta desaparecer. Allí cuando
empieza la lucha por llenar este vacío, con la misma prisa que a
veces cerramos en falso las heridas, o curamos sin emplearnos a
fondo, un dolor que se puede volver a revivir.
Una serpiente muda de su
piel,la deja atrás como un proceso natural de su desarrollo a lo
largo de los años. Nuestra piel se regenera sin darnos cuenta. O tal
vez cuando hayamos cambiado miles de veces en comparación a como lo
hace una serpiente. Ella deja la piel antigua en un descampado, un
desierto, y se va. Nunca llegaremos a saber si llora por su piel
abandonada, ni si pasa por un duelo cada vez que muda de piel.
Aparentemente, nuestra piel envejece por el paso del tiempo. Pero, en
realidad es un puzzle compuesto por pedazos de
heridas, recuerdos, imágenes, persones, a veces se transforman en
cicatrices visibles con raíces que conectan con el corazón, y
muchas veces no son perceptibles al ojo humano.
Migrar es
mudar de país y paisaje, romper toda la tela araña, o quizás
quedarse colgado por un hilo fino entre lo que has sido, y lo que
serás. El hola y adiós se convierten en habito que de tanto
repetirlos te quedas inmune a les emociones que normalmente suelen
generar estas situaciones. La primera ves que te despides de ser
querido no llegas a pensar lo que te puede pasar si llegas a verlo
durante un tiempo. Así que, poco a poco se te adentra el veneno de
la nostalgia cuando le hechas en falta, o justo cuando necesitas un
abrazo de los buenos y profundos, o simplemente cuando quieres
repartir tu alegría o tristeza con otro que no sea tu sobra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario