Anoche soñé que el mar me invadía y me dejaba al borde de la orilla, entre murmullos de las olas, a la espera de que la nostalgia me recogiera.
He visto mi vida saltar entre las rocas, sorteando el destino. He visto algún pez moribundo, conchas deshabitadas, pequeños cangrejos que corren sin saber dónde esconderse.
Alguien me despertó porque parece que roncaba. Enseguida volví al sueño y me dormí de nuevo.
Esta vez me he visto caminar descalzo. La espuma me rozaba los pies y la brisa me acariciaba la espalda. De repente, he visto cómo el mar poco a poco empezaba a retirarse, cómo el agua se desvanecía.
Mi corazón aceleró el latido.
¿Qué haré yo sin mar, si tiene todos mis recuerdos?
Me apresuré, en vano, a coger el agua como pude entre mis manos, pero enseguida se escurrió.
Empecé a pensar que el duelo sería aceptar y convivir con esta pérdida. Así que lloré, y lloré como nunca había llorado.
Al cerrar los ojos un momento, noté que el agua me tocaba los pies de nuevo.
¡El mar ha vuelto!
Así fue la primera vez que lloré por algo que la vida me devolvía.
Pero era un sueño.
