domingo, 8 de febrero de 2026

Flor-Zahra

Se llamaba Flor. La imagino como una mujer de carácter fuerte y laborioso, inquieta y sensible; más aún, profundamente empática y humana. Vivió en tiempos duros: trabajaba en el campo y, al mismo tiempo, cuidaba de sus tres hijas —Khadija, de nueve años; Sofía, de siete; y Safia, de cinco—, sosteniendo con ellas el peso cotidiano de la vida..

Su marido comerciaba con el pescado que él mismo iba a buscar al puerto de Jebha, un pueblo marítimo del Mediterráneo. No siempre vendía lo que traía; muchas veces lo intercambiaba por otros productos: higos, trigo, huevos… Aquel buen hombre tenía la ingenua costumbre de hacer una parada con su mula cargada para descansar en su casa del monte antes de adentrarse, con su mercancía, en lugares donde la carretera no llegaba.

Flor era ágil para aprovechar ese momento: sustraía una pequeña parte de la apreciada carga y la repartía entre los vecinos más necesitados, o simplemente regalaba, como quien padece un vicio incurable nacido de su propia naturaleza.

Vivían en una casa sin luz ni agua corriente, rodeada de naturaleza, humilde y sencilla. Flor estaba siempre atenta a todo y a todos. A la vuelta del marido, le preguntaba cómo había ido el negocio. Él era un hombre agradecido; incluso se alegraba al saber que gran parte de los beneficios —la baraka— se debían a los pequeños gestos solidarios de aquella gran mujer. Ella acababa confesando sus “fechorías”, haciéndolo cómplice de las futuras ofrendas a los necesitados. Él, hombre religioso, sabía que ayudar al prójimo era un deber.

Flor estaba embarazada de siete meses, ilusionada con la esperanza de tener por fin el varón tan anhelado. Pero el tiempo no permitía bajar la guardia ni dejar de trabajar. Aquella mañana, por un descuido, se llevó un gran susto: no encontró la mula en el establo. Todo indicaba que se había escapado en busca de buen pasto. Más que el miedo a perder al animal, la aterraba la idea de que invadiera el cultivo de algún vecino y tener que cargar con la vergüenza.

Flor salió corriendo, la buscó por todas partes hasta dar con ella. Regresaron juntas a casa, envueltas en el revuelo que la situación había provocado, sobre todo entre las niñas. Cuando todo parecía volver a la calma, como después de una tormenta, un dolor repentino la atravesó: le removió las entrañas y precipitó el parto.

Khadija, la hija mayor, asumió la responsabilidad de ir a buscar a la comadrona del pueblo. Flor se estremecía de dolor y, finalmente, dio a luz a un ser prematuro: un pequeño que visitó la vida solo por un instante y se marchó tan deprisa como había llegado. A pesar de las oraciones y de los inciensos encendidos para devolverle el aliento, aquel ser nacido estaba condenado a morir.

Flor quedó abatida, débil, pero no dejaba de pensar en sus tres hijas. En un momento de desesperación, le pidió a Khadija que preparara un puré de habas para que pudieran llevarse algo a la boca. Khadija nunca había encendido el fuego ni cocinado; preguntó cómo hacerlo. Su madre, desde la cama improvisada —más dura que la piedra, colocada frente a la puerta de la calle—, le fue indicando cada paso: un improvisado tutorial de cocina de una madre a su hija mayor, sabiendo que se acercaba su hora de dejar este mundo y que dejaba atrás a tres niñas obligadas a asumir responsabilidades sin opción a negarse.

Al final, Khadija superó aquella primera prueba culinaria. Se acercó a su madre y le ofreció un bocado y un vaso de agua. Fue lo último que Flor pudo ingerir antes de abandonar esta vida.

Flor era mi abuela, y Khadija es mi madre.

Flor-Zahra

Se llamaba Flor. La imagino como una mujer de carácter fuerte y laborioso, inquieta y sensible; más aún, profundamente empática y humana. Vi...